Observando el mundo, alrededor, al vecino, al amigo, a la pareja… ¿Cómo
diríamos que vive la gente?, ¿cómo diríamos que son sus vidas?, ¿son felices?,
¿viven con plenitud la vida? Observándonos a nosotros mismos: ¿Cómo diríamos
que vivimos?, ¿cómo diríamos que es nuestra vida?, ¿vivimos una vida de
calidad?, ¿una vida plena? Quizá quepa que cada uno se formule las siguientes
cuestiones:
¿Cómo he vivido y cómo vivo actualmente mi vida?, ¿cuál es su calidad?, ¿y
su cualidad? ¿Vivimos de un modo pleno, o por el contrario, lo que predomina en
la cotidianidad de nuestra vida, es cierta sensación de insatisfacción vital,
de que nos falta algo, de que algo va mal? ¿No está marcada esta sensación por
el anhelo, el deseo, el miedo y la preocupación constante? ¿No está
condicionada por el llegar a ser, llegar a tener, llegar a…?
Imaginemos una balanza. Situemos primero sobre uno de los platos, todas
nuestras experiencias y sentimientos de anhelo, miedo, soledad, pena, dolor,
desesperación, desdicha, aflicción y angustia; todos nuestros momentos de
crisis, de enfermedad, de desasosiego; todas las adversidades y conflictos;
incluyamos el malestar, la preocupación, la tensión, la ansiedad, la
desesperanza y la incertidumbre, que hayamos experimentado a lo largo de toda
nuestra vida, y que experimentemos actualmente. Después, coloquemos sobre el
otro plato de la balanza todos los momentos que llamamos de alegría o
felicidad, que hayamos experimentado a lo largo de toda nuestra vida y que
experimentemos actualmente. Ahora, honestamente, respondámonos a nosotros
mismos, ¿hacia dónde se inclina la balanza?
¿Acaso no ha de estar irremediablemente relacionada la manera en la que
vivimos en el mundo con el instrumento que utilizamos para vivir en el mundo?
¿Acaso no ha de estar relacionada con las “gafas” a través de las cuales vemos
el mundo y filtramos la realidad? ¿Acaso no ha de estar relacionada con el
funcionamiento de nuestra mente, de nuestro pensamiento? ¿No sería, por tanto,
ineludible plantearnos cómo funciona este instrumento?, ¿cómo funciona la
mente?, ¿cómo funciona el pensamiento? Tomémonos un minuto e intentemos
responder a lo siguiente: ¿cuál es el estado “ordinario” de la mente de la
mayoría de los seres humanos?, ¿cuál es el estado psicológico en el que nos encontramos
la mayor parte del tiempo? Si nos resulta difícil responder, podemos
plantearnos las preguntas de este modo: ¿cuál es el estado ordinario de mi
mente?, ¿cuál es el estado psicológico en el que me encuentro la mayor parte
del tiempo?, ¿qué es lo que suele hacer mi mente, mi pensamiento? Por favor,
detengámonos un minuto, formulemos estas cuestiones, intentemos responderlas.
Tales cuestiones deberían ser ineludibles para todas las
personas, sin embargo, nos percatamos de que a duras penas podemos responder, y
no podemos responder porque requiere de una habilidad: la habilidad de
observar; observar de un modo especial. De una manera que no hemos aprendido,
que no hemos practicado, que nos resulta casi, o completamente ajena. Mindfulness
representa un modo especial de ver, un modo especial de observar.
La mayoría de la gente está tan completamente identificada con la voz de su
cabeza, ese torrente incesante de pensamiento involuntario y compulsivo y las
emociones que lo acompañan que podríamos describirla como poseída por su mente.
Cuando eres completamente inconsciente de esto, crees que el pensador eres tú.
Eso es la mente “egótica”. La
llamamos “egótica” porque hay un
sentido del yo (ego) en cada pensamiento, en cada recuerdo, interpretación,
opinión, punto de vista, reacción, emoción. En términos espirituales, esto es la
inconsciencia.
La mente es una herramienta perfecta si se usa correctamente. Sin embargo,
si se usa incorrectamente se vuelve muy destructiva. Para decirlo con más
precisión, no se trata tanto de que usas la mente equivocadamente: generalmente
no la usas en absoluto, sino que ella te
usa a ti. Esa es la enfermedad. Crees que tú eres tu mente. Ese es
el engaño. La herramienta se ha apoderado de ti.
Si observamos muy detenidamente nuestra mente, el movimiento de nuestros
pensamientos, de nuestras emociones, como a través de un microscopio, de un
modo muy profundo, radical, meditativo, podríamos describirlo así: el
pensamiento parece estar siempre presente, nunca ausente (incluso cuando
dormimos); parece ser incontrolable; suele estar divagando en el pasado o en el
futuro, casi nunca está en el presente, en el aquí y en el ahora; se mueve en
el terreno de lo conocido, de la memoria, del pasado; gran parte del tiempo
está en lucha constante rechazando lo que es e intentando cambiarlo;
también es temeroso, se dedica a prevenir posibles males futuros protegiéndose;
se da continuidad a sí mismo; se dedica a fantasear, proyectando imágenes,
situaciones e ideas; se mueve obedeciendo un principio hedonista (se aproxima
hacia lo que le proporciona seguridad, hacia lo que le resulta agradable y, se
aleja o evita aquello que le produce temor o le resulta desagradable); está, en
parte, controlado por las circunstancias (especialmente las negativas); se
relaciona con las emociones y con el cuerpo de forma bidireccional; el
contenido o significado literal del pensamiento influye notablemente en la
psicología de la persona; es relacional y arbitrario; la función de los
estímulos puede transferirse a otros y/o transformarse; está sometido al
control estimular ejercido por ciertas claves contextuales (internas: como un
pensamiento, un recuerdo, una sensación; y externas: como ver un estímulo
visual u oír un ruido); puede ser reaccionario, respondiente, automático; presenta
un fuerte componente de control; suele actuar según ciertos hábitos tales como
la queja, la agresividad, la impaciencia, la búsqueda de reconocimiento, las
justificaciones, etc.; es fragmentario, divisorio, sectario; por lo que, no es
holístico, no puede acaparar la realidad en su totalidad; puede ser repetitivo,
obsesivo, valorativo, rumiativo, comparativo, condenatorio, recriminatorio,
neurótico, etc., generando con ello gran sufrimiento.
El estado de la mente ordinaria engendra sufrimiento. La mente es
conflictiva, voraz, insatisfecha. Su signo es el de la confusión. Es inestable,
confusa. A menudo es víctima de sus propias contradicciones, su ofuscación, su
avidez y su aversión. Está empeñada por la ignorancia, la división. Ha recreado
durante años una enrarecida atmósfera de miedo, paranoia, hostilidad y
egocentrismo. En ella arraigan venenos como el odio, los celos, la envidia y
tantos otros. No es una mente bella. A veces hemos hecho de nuestra mente un
verdadero estercolero. Limpiamos minuciosamente el cuerpo, pero tenemos la
mente en el abandono. Una mente confusa genera confusión; una mente agresiva
produce agresividad. Si la mente es el fundamento de todo, como acertadamente
declaraba Buda, según sea la calidad de la mente así será lo que resulte de ella.
En una mente competitiva, ofuscada, condicionada por un estado de
insatisfacción, no puede haber compasión. Una mente así ni siquiera puede
cooperar provechosamente. Es una mente que se debate en su propia zozobra. Tal
es la mente propia de la mayoría de los seres humanos. Una mente en desorden,
sin frescura, sin inocencia, sin vitalidad. Una mente así crea desamor,
hostilidad, confusión sobre la confusión y ansiedad sobre la ansiedad. Asentada
sobre sus condicionamientos limitadores, salpicada de contaminaciones, estrecha
por hábitos coagulados, llena de obstrucciones, etc., una mente tal carece de
claridad, de apertura, de provechosa creatividad. Los enfoques que se derivan
de una mente en tales condiciones tienen que ser forzosamente erróneos y perjudiciales.
Este tipo de mente es nociva para uno mismo y para los demás, genera violencia
sin límite, y desde luego, es inservible para la real búsqueda interior y la evolución
consciente.
Otro punto capital es el hábito de reaccionar automatizado de la mente. La mente está siempre
reaccionando: captura un estímulo (P.E. un agravio, un recuerdo desagradable) y
responde (P.E. ofendiendo, intentando eliminarlo). Parece no haber espacio en
medio; entre el estímulo y la respuesta. En ese reaccionar no hay consciencia,
no hay discriminación del proceso entre las relaciones conducta-conducta (entre
pensar, sentir y hacer; establecidas arbitrariamente en la historia de la
persona). En cierto sentido, hay esclavitud. Es como una marioneta controlada
por los hilos de los pensamientos y por los hilos de las emociones. Simplemente:
observémonos a nosotros mismos. Mindfulness
implica ver el proceso, ser consciente de él; practicar mindfulness es generar un
espacio entre los estímulos (externos e internos) y las respuestas (externas e
internas), creando entre ambos un tiempo para responder más adecuadamente, más
habilidosamente, aportando con ello cierta libertad. Mindfulness es cortar los hilos que controlan los
movimientos de la marioneta. Implica hacer una brecha, un hueco, un espacio.
Haciendo una comparación, nuestro modo de estar en la vida (nuestro estado
ordinario) es como si tuviésemos conectado el “piloto automático”; como si no fuésemos
conscientes de lo que nos ocurre realmente, como si estuviésemos dormidos, hipnotizados.
No hay nadie observando; sólo el animal (“racional”) reaccionando.
Mindfulness genera autoconocimiento en torno a este proceso,
produciendo habilidades y conductas para neutralizarlo y responder de un modo
más efectivo. A través de la práctica de mindfulness
se desarrolla la habilidad de permanecer presentes con una ecuanimidad
inalterable ante toda experiencia o estimulación (tanto agradable como
desagradable, de origen interno como externo), por lo que la mente deja de
responder con avidez y aversión, permaneciendo inmóvil, atenta, calma y serena.
Se trata de entrenarnos en diferenciarnos de nuestros pensamientos y
emociones, de no dejarnos arrastrar por ellos, de dejar de reaccionar; se trata
de permitirnos simplemente estar, simplemente ser.
¿Es posible un estado en el que la mente no esté reaccionando
continuamente? ¿Puede la mente dejar de reaccionar? ¿Puede cesar la voz que
habla sin parar? ¿Puede haber sólo silencio? ¿Es posible un estado mental
caracterizado por la serenidad, la calma, la tranquilidad…, por la paz? ¿Puede
la mente dejar de viajar al pasado y al futuro? ¿Puede la mente permanecer en
el aquí y en el ahora? ¿Puede dejar de moverse? ¿Puede estarse quieta? ¿Puede
permanecer inmóvil?
Si practicamos ahora mismo, durante un par de minutos, alguna de las
técnicas mindfulness, nos percataremos de que nos resulta imposible
mantener nuestra atención de manera continuada en el objeto de la meditación
más allá de unos pocos segundos. La atención se desvía hacia, o es capturada
por, pensamientos, emociones, recuerdos, sensaciones corporales, etc., rápida y
constantemente. En general, la mayoría de los participantes determinados a
seguir esta instrucción durante periodos de diez minutos, apenas mantuvieron la
atención en el objeto de la meditación unos cuantos segundos de manera
ininterrumpida. La mayoría de los participantes informan que su atención se
desvía más de veinte, treinta, cuarenta veces, durante periodos de diez
minutos, es decir, casi de forma continua. Hay diferentes tipos de estímulos o
contenidos que capturaban la atención. El primero de ellos fue el pensamiento
(incluyendo también a los recuerdos e ideas); después las emociones (incluyendo
a los sentimientos); seguido de las “imágenes mentales” y; por último, por
otros estímulos (como por ejemplo ruidos).
Mindfulness es una habilidad, por tanto, es susceptible de ser
aprendida, entrenada. Podría decirse que al principio de la práctica, la atención
pasa muy poco tiempo focalizada en el objeto de la meditación (P.E. la respiración)
antes de ser capturada por algún estímulo; y, por el contrario, transcurre
mucho tiempo hasta que nos percatamos de que nuestra atención se ha desviado.
Con la práctica los tiempos se invierten. Es decir, cuanto más practiquemos, la
atención permanecerá más y más tiempo concentrada sobre la respiración; y,
simultáneamente, cada vez tardaremos menos en darnos cuenta de que la atención
se había desviado. Con una práctica continuada nos resultará posible mantener
la atención focalizada en la respiración de manera constante, durante más y más
tiempo.
Esto, en sí mismo, ya es meditación; es un estado meditativo; se producen cambios,
experiencias, comprensiones súbitas o insights, en ocasiones muy
significativas, que son experimentadas por el meditador.
La práctica de mindfulness
es observar sin juzgar ni juzgarnos. Dicho de otro modo, permanecer en un
estado donde no se esté reaccionando continuamente, incluyendo especialmente,
la elaboración de juicios valorativos, recriminatorios y condenatorios,
normalmente hacia nosotros mismos y hacia nuestras experiencias. La meditación
o mindfulness requiere
de entrenamiento. Es como desarrollar un músculo. Un músculo que nunca, o casi
nunca hemos utilizado, por lo que está raquítico o simplemente no se ha desarrollado.
Es como el niño que aprende a caminar. Nunca utilizó los músculos de sus
piernas. Al principio, durante algún tiempo, el niño mueve las piernas. Más
tarde se arrastra. Luego, gatea a cuatro patas. Practica durante semanas,
durante meses. Cuando los músculos se han desarrollado intenta erguirse,
ponerse en pie, pero se cae constante y rápidamente. Él lo intenta sin cesar,
una y otra vez, una y otra vez… Cuando logra al fin levantarse, permanece muy
poco tiempo en posición bípeda antes de caer. Más tarde, consigue dar un pasito
y se cae. Continúa practicando, una y otra vez, una y otra vez. Luego logra dar
dos pasitos y medio antes de caerse. Luego tres. Con el tiempo, cinco. Hasta
que logra recorrer algunos metros. Al principio se va apoyando en todo lo que
encuentra a su paso. Con el tiempo consigue desplazarse con facilidad.
Practicando desarrollará músculos fuertes en sus piernas y otras habilidades
como el mantenimiento del equilibrio, la orientación, etc., y podrá caminar,
incluso correr, saltar, bailar, etc. Entrenarse en mindfulness es como aprender a caminar, requiere de
entrenamiento y práctica constante.
El sufrimiento es propio de la condición humana y esto es una experiencia
compartida por todos los miembros de nuestra especie, a través de las
diferentes culturas, a lo largo de toda la historia de la humanidad. Así pues,
el principal objetivo de la meditación mindfulness es contribuir al alivio
de ese sufrimiento.
Por otra parte, las investigaciones en torno a la meditación llevadas a
cabo en todo el mundo por científicos de varias ramas de la ciencia durante más
de veinte años, aportan sólidas y diversas evidencias relativas a los efectos
de la meditación sobre la salud de los seres humanos, si echamos un vistazo a
los conocimientos neurobiológicos actuales, veremos que practicando
habitualmente meditación, producimos cambios neurológicos duraderos en diversas
zonas cruciales de nuestro cerebro, modificaciones que, siguiendo más allá de
la actividad concreta que los incitó, acaban modificando muchos de nuestros
comportamientos y de nuestras formas de reacción y terminan reproduciéndose
sobre nuestra experiencia vital y sobre nuestra relación con el medio.